“No solo es una paz frágil, sino con fecha de caducidad: 5 años”

“La autoproclamada República de Artsakh ha quedado tocada y reducida a una expresión mínima, haciendo inviable, al menos temporalmente, su desarrollo como entidad política”

“Nikol Pashinian más allá de demostraciones patrioteras y de envolverse en la bandera se ha demostrado como un inepto y un inútil”

“De alguna manera, Turquía vuelve al Cáucaso un siglo después”

Llegó la paz a Nagorno Karabakh, una paz frágil de la que se hará cargo Rusia que logra así sofocar el fuego de un conflicto que amenazaba con quemarla.

No solo es una paz frágil, sino con fecha de caducidad: 5 años, tras ese periodo, o bien Azerbaiyán o bien Armenia pueden solicitar la retirada de las tropas rusas. Pasados esos 5 años, el conflicto puede volverse a reabrir, ya sea porque Azerbaiyán quiera terminar el trabajo, o porque Armenia quiera restablecer la territorialidad de la llamada República de Artsakh y sus corredores de comunicación hacia Armenia.

La autoproclamada República de Artsakh ha quedado tocada y reducida a una expresión mínima, haciendo inviable, al menos temporalmente, su desarrollo como entidad política. Miles  de armenios han huido atemorizados por un enemigo que, más allá de la propaganda, estaba dispuesto a cometer una matanza. El recuerdo del genocidio armenio, por un lado, y las amenazas abiertas de asesinar en masa, hechas sin ningún pudor por el gobierno azerí, empezando por el autócrata Ilham Aliyev, han marcado el destino, por lo menos a corto y medio plazo, de la población armenia de Nagorno Karabakh.

Tocado también ha quedado el gobierno del primer ministro armenio Nikol Pashinian que más allá de demostraciones patrioteras y de envolverse en la bandera se ha demostrado como un inepto y un inútil, cuya negligencia ha costado miles de vidas. Armenia queda herida y quién sabe si dividida entre quienes consideran un error fatal haberse alejado de Rusia y entre quienes piensan que hay que alejarse todavía más de Rusia y acercarse a Occidente.

En principio, Turquía parece que no podrá desplegar tropas sobre el terreno, como así había anunciado el presidente Erdogan,  ante la frontal oposición de Rusia, pero conociendo el modus operandi del líder turco y su tendencia a poner al límite  cualquier situación de tensión, no es descartable que amague con ello, y más después de que prácticamente se haya creado un corredor que conectaría a Turquía y a Azerbaiyán. De alguna manera, Turquía vuelve al Cáucaso un siglo después.

Más allá de la llamada real politik, está el sufrimiento de miles de personas, el horror, el miedo. Han sido varias las imágenes que nos han llegado desde este enclave del Cáucaso  que nos han hecho recordar aquellas palabras del no hace mucho fallecido Julio Anguita: “malditas  sean las guerras y los canallas que las hacen”. No podemos caer en la indiferencia, no podemos pensar que una matanza de un bando queda igualada o anulada por la matanza del otro. No podemos permitir más matanzas simplemente.  Los regueros de cadáveres de armenios no pueden verse anulados por la hipótesis macabra de que ellos habrían hecho lo mismo con los azeríes.

Esta guerra no ha terminado, como hemos dicho antes dentro de 5 años puede comenzar de nuevo una vez que los peacekeepers rusos se hayan ido. El tándem  Aliyev/Erdogan es una auténtica bomba de relojería para la región; el supremacismo panturquista y los llamamientos a los asesinatos en masa no son cosa del siglo pasado y siguen sirviendo de soporte a proyectos políticos de determinadas elites capitalistas que tratan de superar sus respectivas crisis económicas y políticas culpando  a los eternos enemigos de la “Gran Turquía”, el sueño enfermizo de un gran sultán del siglo XXI que quiere dominar desde los Balcanes y el Norte de África al Occidente chino.

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Nacido en Málaga, en 1975, Licenciado en Filología Inglesa por la UMA. Ha militado en organizaciones comunistas y soberanistas andaluzas de izquierdas e, igualmente, en movimientos sociales y populares de Málaga.