“Líbano, lo insostenible, lo terrible y lo posible”

Seguramente, muchos beirutíes y muchos libaneses en general se preguntarían entre consternados, abrumados y temerosos qué más les podía pasar cuando prácticamente el puerto de Beirut y sus alrededores saltó por los aires el pasado 4 de agosto por la tarde. Parece que Dios, si existe, ha abandonado a un país que ha estado artificialmente dividido, desde su aparente independencia, por ese mismo Dios y sus diferentes maneras de entenderlo y de rezarle.

La explosión de un almacén que contenía 2.750 toneladas de nitrato de amonio, almacenadas allí desde hacía 6 años cuando se incautó a un barco ruso de bandera moldava que se dirigía de Georgia a Mozambique, ha parado el corazón de un Líbano que ya estaba enfermo, muy enfermo. Las cifras más actualizadas de los medios españoles hablan de 160 fallecidos, unos 6000 heridos y unos 70 desaparecidos. Y todo en medio de la pandemia del Covid 19.

Evidentemente la polémica está servida, Israel, Arabia Saudí y sus diferentes satélites culpan a Hezbolá y a un hipotético almacenamiento de armas por parte de su brazo militar, -ni que decir tiene que Hezbolá, por boca de Hassan Nasrrallah, ha negado tajantemente esa posibilidad-, otros, sobretodo analistas especializados en el  Oriente Medio sostienen que ha sido un ataque de Israel. El presidente de la República, Michel Aoun mantiene a día de hoy todas las hipótesis abiertas, incluida la del ataque. Sin embargo, de momento, todo apunta a una fatal negligencia, que ya fue denunciada por funcionarios de la autoridad portuaria, cuya causa más profunda nos remite a la crónica de un Estado libanés insostenible, imposible de mantener con un sistema sectario que alimenta la corrupción, la miseria y la pobreza, mientras intenta mantener a toda costa la quimera de la “Suiza de Oriente” o la de un “Occidente en Oriente” y demás relatos por el estilo.

Cuando hablamos del Oriente Medio, o más corectamente del Asia occidental, solemos pensar que la única realidad colonial de la zona es la del Estado de Israel, un Estado creado por judíos europeos, sometiendo a árabes musulmanes y cristianos, con el fin de mantener los intereses imperialistas en la zona, impidiendo a su vez cualquier proyecto soberano e independiente de los pueblos de la región. La cuestión es que el Líbano, desde su desgajamiento del Bilad Al Sham (بلاد الشام), primero en 1920 bajo la dominación francesa, y después, en 1943 cuando los franceses aseguraron una situación de privilegio a la burguesía cristiana maronita y a la burguesía suní, también ha venido cumpliemdo una función parecida, una función “tapón”: evitar la unidad antiimperialista árabe, manteniendo de una manera o de otra los intereses de los imperialistas occidentales; sólo en breves periodos como en 1958, durante la Guerra Civil de 1975 a 1990, o en el 2006 cuando Hezbolá evitó la invasión israelí, el Líbano, esa creación colonial francesa con la complicidad de las elites maronitas y suníes, dejó de ser algo diferente a una entidad al servicio del imperialismo. Las artificiales creaciones de Jordania y Kuwait, por los colonialistas británicos han jugado un papel similar, y no lo olvidemos nunca, con el sumiso apoyo de élites locales que han estado  consiguiendo pingües beneficios.

La explosión de la burbuja especulativa que había mantenido la lira libanesa en un tipo de cambio no ya irreal sino prácticamente surrealista desató todos los demonios a finales del año pasado. Según el Programa Mundial de Alimentos, el 50% de los libaneses viven por debajo del umbral de la pobreza, el déficit comercial en 2019 se situó en 15 mil millones de dólares, la deuda pública en el 170%, la inflación ha hecho aumentar los precios en más de un 50%, la tasa de paro en 2019 se mantuvo en el 25%, mientras el 1% más rico controla el 25% de los ingresos nacionales. Insostenible. La especialización comercial, especulativa e improductiva del Líbano impuesta por el imperialismo y del que se han beneficiado las elites sectarias locales hace que el Líbano tenga que importar alrededor del 80% de lo que consume. El Estado libanés permanece ausente, incapaz de producir luz, al respecto,  resulta chocante que el Líbano tenga que importar  luz eléctrica de la República Árabe Siria que, a pesar de la brutal  guerra impuesta que vive desde el 2011. Sin una red de transporte público, un deficiente tratamiento de aguas residuales y recogida de basuras, carencia de  un sistema sanitario o educativo público, o pensiones decentes, etc., la lista de carencias y déficits del Estado libanés es interminable.

Es lógico que el pueblo libanés esté más que harto pero en la hartura y en la desesperación pueden surgir los peores monstruos, insistimos, la rabia de muchos libaneses contra el sistema sectario está justificada y es legítima, pero cuidado que ésta puede ser aprovechada para acabar con las organizaciones políticas que han mantenido la resistencia libanesa frente al sistema neocolonial y el imperialismo. Incluir a Hezbolá dentro del sistema sectario sin más consideraciones ni explicaciones, incluyendolo en el entramado corrupto y sectario, tal y como están haciendo sectores importantes de los manifestantes no es solo un error o una profunda injusticia, sino que supone en la práctica asumir los intereses imperialistas de sometimiento del Líbano, ya sean franceses, con un Macron exultante reviviendo la época del mandato colonial, los Estados Unidos, Israel o Arabia Saudí. De hecho, ya existe un movimiento en Beirut en determinados barrios de estratos medios acomodados como Achrafieh, con una población  en su mayoría francoparlante, que solicita a Francia que tome el control del Líbano, es decir, la vuelta al mandato colonial. 

No, el problema del Líbano no es Hezbolá, que surge de la desesperación de las masas chiíes desheredadas y excluidas, no, Hezbolá se ha declarado miles de veces contrario al sistema sectario y establece sus alianzas con partidos contrarios a ese sistema como la rama libanesa del Partido Baaz Árabe Socialista, el Partido Social Nacionalista Sirio, los grupos nasseristas vinculados a la comunidad suní o con grupos vinculados a las comunidades drusa o armenia. Lamentablemente, el Partido Comunsita Libanés, en otro tiempo aliado de las fuerzas patrióticas y antiimperialistas,  ha emprendido un camino en solitario que no le va a permitir tener alguna incidencia real o, peor aún, puede acabar sumido en la vorágine de la rabia manipulada por los intereses extranjeros.

Pero no se trata solo de Hezbolá, en la comunidad maronita son ya muchas las figuras que se muestran contrarias al sectarismo, empezando por el propio presidente Aoun y su partido, el Movimiento Patriótico Libre o por determinadas autoridades religiosas que van entendiendo que el papel del Líbano no es ser “un trozo de Occidente en Oriente” sino  ser parte de la región a la que siempre ha pertenecido y de la que fue desgajado por intereses extranjeros.

Es lógico que para el FMI, los Estados Unidos, Francia o Arabia Saudí el problema sea Hezbolá o el presidente Aoun, por eso la ayuda económica siempre ha tenido condiciones, incluso en estos duros momentos. Si Hezbolá sigue permaneciendo en el Gobierno no habrá dinero, por su parte, Hezbolá coherentemente piensa que el FMI reforzaría el control extranjero del Líbano y que se deben buscar alianzas con Irán, Rusia y China, es decir, con países que están dispuestos a respetar la soberanía nacional. La ayuda internacional es puro chantaje y denunciar esa verdad le ha costado a Hezbolá ser el muñeco de paja con el que descargar todas las iras y frustraciones de los estratos medios acomodados que se han venido empobreciendo en el último año.

La apuesta del imperialismo es propiciar toda una serie de cambios que mantengan el status quo; así,   pueden hablar de acabar con el sistema sectario,  siempre y cuando eso reduzca el poder y la influencia de Hezbolá y se mantengan las élites de siempre en su cómodo papel de burguesía compradore.

Ni que decir tiene que la dimisión del Gobierno del primer ministro Hassan Diab no va a aportar soluciones de calado, ni unas nuevas elecciones tampoco.

Destrucción del sistema sectario como primer paso democrático hacia un Líbano soberano, con una identidad nacional que esté por encima de las confesiones, integrada en el histórico Al Sham multiconfesional y multiétnico, fuera de los chantajes coloniales e imperialistas, con un proyecto social y económico para las mayorías excluidas capaz de satisfacer las demandas de una población a la que se ha abandonado. 

Si el futuro del Líbano puede tener solución fuera de los que esquemas impuestos por los imperialistas occidentales, entonces debemos de ligar el futuro del Líbano a la liberación de palestina y la destrucción del Estado colonial sionista, al restablecimiento de la paz y la soberanía tanto en la República Árabe Siria como también en la República de Iraq -donde se ha querido importar el modelo sectario libanés-, al fin del acoso y derribo a la República Islámica de Irán y de la agresión saudí y emiratí al Yemen.

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Nacido en Málaga, en 1975, Licenciado en Filología Inglesa por la UMA. Ha militado en organizaciones comunistas y soberanistas andaluzas de izquierdas e, igualmente, en movimientos sociales y populares de Málaga.