Lucha de clases y su relación contemporánea con los movimientos sociales

“Hemos de combatir el posmodernismo desde el materialismo dialéctico” Artículo de Volchitsa Krupskaya

 

¿Por qué la división en clases sociales determina la estructura de la sociedad?

La hegemonía de la clase social privilegiada es material, concreta, tangible. En la era capitalista, la burguesía ostenta el poder socioeconómico porque es poseedora de los medios de producción, los cuales, a través de una revolución (transformación dialéctica, salto cualitativo), han de ser despojados por la clase trabajadora para ser puestos a nuestro servicio y beneficio hasta que la burguesía sea absolutamente extinguida y, por tanto, también lo sea el proletariado como tal. Afirmamos, por tanto, que las relaciones de producción son las que determinan el orden social hasta que éstas dejen de existir como tal.

¿Por qué el resto de divisiones humanas son secundarias y subyacentes a la lucha de clases?

En el estado actual del desarrollo histórico humano, el supremacismo blanco, masculino, heterosexual y cisgénero no se sustentan sobre condiciones materiales, sino sobre un conjunto de ideas y sentimientos, herencia de todo lo acontecido con anterioridad. Como evidencia de esta afirmación observamos que la burguesía también está compuesta por mujeres, homosexuales, personas racializadas y trans, lo que anula dialécticamente la idea interclasista de “transversalidad”.

La dominación por razón de género, raza y orientación sexual es conceptual, abstracta, etérea. Lo que dota a estos grupos sociales de su condición de privilegiados no es la posesión de nada material, sino el constructo social, la idea de superioridad bajo el parámetro de la normatividad o la ejemplaridad. Por tanto, reincidimos en la idea de que estos grupos sociales no disponen de nada material de lo que ser despojados para erradicar las diferencias y, a excepción de la instauración del socialismo en vías hacia el comunismo, las únicas propuestas realizables podrían ser el reverso de la dominación o el exterminio, al más puro estilo nazi; ideas que, sin lugar a dudas, en ningún caso deben ser toleradas por quienes pretendemos hacer avanzar la historia de la humanidad a un estadio superior.

Estas luchas secundarias (principalmente feminismos, antirracismos, activismo LGBT, nacionalismos e incluso obrerismo a través de la lucha sindical) son parciales y procuran únicamente el bienestar de los grupos oprimidos concretos. Debemos considerarlas necesarias (ejecutadas bajo los fundamentos marxistas-leninistas) para la acumulación de fuerzas y la unidad de la clase trabajadora, pero es preciso señalar que, cuando se ejecutan desde la “interseccionalidad” posmoderna con la finalidad de evitar su parcialidad, la ingenua intención incurre con mayor gravedad en el idealismo al pretender solventar todos los problemas de la humanidad en el marco del capitalismo, sin procurar en la praxis un salto cualitativo hacia el socialismo, y obstaculizándolo en el peor de los casos. Son, por tanto, luchas reformistas que tienen como pretensión la de librarse en el campo de la moral, la ideología y la cultura, es decir, en la superestructura social (educación, legislación, arte, política parlamentaria burguesa…), contradiciendo la correcta interpretación marxista sobre la estructura social y cómo ésta se vertebra.

Las ideas no se “deconstruyen” simulando que lo construido con anterioridad no existe. Las ideas solo mutan como consecuencia de la transformación de las relaciones de producción. Sin una nueva y superior estructura socioeconómica (socialismo), carecemos de la posibilidad de fundamentar los nuevos valores de la humanidad que favorezcan la progresiva superación de las relaciones de poder dadas entre los distintos grupos sociales.

¿Cómo hemos llegado a las políticas identitarias como supuesto motor de cambio social?

El revisionismo ha sido históricamente nuestra mayor debilidad endógena junto al dogmatismo y el espontaneísmo. La burguesía, frotándose las manos, nunca ha desaprovechado la oportunidad de echar leña al fuego potenciando nuestras desviaciones.

Fundamentado en el posmodernismo con el que la élite intelectual burguesa ha infectado nuestro movimiento desde los años 60, la izquierda ha sustituido el materialismo dialéctico por la “diversidad de perspectivas”. De esta forma, ese engendro llamado “marxismo cultural” y acuñado por la extrema derecha para acusar a la socialdemocracia de comunista, ha sido adoptado con orgullo por la izquierda más abstracta. En consecuencia, bajo la falsa bandera del comunismo y debido a la pésima organización y formación con la que actualmente contamos, en los últimos años ha aflorado un enjambre de adalides contra el posmodernismo que, a través de un engañoso y burdo simulacro de sociobiología, se han dedicado a corromper nuestro movimiento con ideas filofascistas, hostigando a los renegados y generando en ellos una mayor sensación de exclusión que les empuja a afiliarse a las luchas parciales en las que sí se ven acogidos como objeto y sujeto político. Nos encontramos así con un panorama desolador en el que la burguesía, relamiéndose, nos mantiene enfrentados mientras nos señalamos unos a otros como responsables, y Marx se retuerce en su tumba por tantas formas en las que sus ideas han sido desvirtuadas.

¿Por qué el movimiento comunista debe hacer prevalecer sus históricos fundamentos y no admitir las acusaciones de caducidad?

En el marxismo-leninismo no cabe la revisión de nuestra filosofía, pero sí la reevaluación de los ejemplos de transformación histórica, los cuales están permanentemente sujetos a los cambios producidos en la sociedad y no pueden ser, por tanto, replicados de idéntica forma a anteriores experiencias. Veo preciso recordar que el marxismo se fundamenta en el materialismo histórico, el cual nunca ha de ser tomado como un dogma, si no como lo que es: el método científico de interpretación y transformación de la historia humana que toma como referencia las leyes naturales (dialécticas) por las que se rige la existencia (realidad material), procurando así el salto cualitativo (revolución proletaria hacia el socialismo) de nuestra historia a través de la concatenación de cambios cuantitativos, como ya hiciera en su día la burguesía mediante sus revoluciones nacionales (Revolución Francesa como precedente y máximo exponente). Emplear este método de análisis y transformación postulado por Marx y Engels es única y exclusivamente lo que nos convierte en marxistas, y no el ser partidarios de una ecléctica serie de ideas “influidas” por el marxismo, tildados como “marxianos” (Žižek, jubílate ya).

¿Cuáles son mis propuestas más inmediatas para atenuar esta situación a la que hemos arribado?

En primer lugar, por si no ha quedado claro, no debemos traicionar bajo ningún concepto la filosofía materialista, sorteando las desviaciones mecanicistas mediante el estudio continuado. Hemos de combatir el posmodernismo desde el materialismo dialéctico, no desde el dogmatismo ni el revisionismo.

En segundo lugar, debemos engrosar las filas de los partidos comunistas de cada nación que, como mínimo, cumplan los irrenunciables principios del internacionalismo y el leninismo, independientemente de la acogida que en ellos tengamos. Debemos recuperar nuestros espacios, no fragmentarlos o, en el peor de los casos, seguir renunciando a la organización partidista.

En tercer lugar, debemos depurar el movimiento de elementos reaccionarios: machistas, racistas, homófobos, tránsfobos y chauvinistas rancios han de ser señalados. Nuestra ideología es la firme voz del auténtico progreso humano y es el momento de que los conservadores abandonen el barco. El “obrerismo excluyente” es la seña del fascismo, y su intrusismo ha de ser duramente exterminado, ya sea mediante la formación, de ser posible, o mediante la directa expulsión de nuestras filas. Aquellos que no dispongan de organización no deberían ser más que ignorados, con el fin de restarles altavoz.

Cuando hayamos recobrado el mapa y el timón para dirigir nuestro movimiento, podremos hablar de las tácticas y estrategias oportunas para recuperar la vanguardia popular. Mientras tanto bajemos de las nubes, que aún estamos en pijama y con la cama sin hacer.

Volchitsa Krupskaya

(Visited 913 times, 1 visits today)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *