AMLO, la Cuarta Transformación y el ciclo de las revoluciones burguesas

“Si simplemente se trata de cuestiones sancionadas constitucionalmente, pero ausentes de grandes movilizaciones; sobran ejemplos de como estos procesos pueden ser derribados” Artículo de Jorge Álvarez Méndez

 

“No podemos dejar de reconocer que este triunfo pertenece a todos y todas, es el esfuerzo de muchos dirigentes sociales, políticos, de muchos mexicanos, indígenas, campesinos, obreros, estudiantes, profesionales, de todas las clases sociales, de todos los sectores, de todas las religiones.”

Andrés Manuel López Obrador (AMLO), 1 de julio de 2018

 

Cambio de régimen. Revolución de las consciencias. El programa lopezobradorista se planta para realizar la titánica tarea ni más ni menos que para lograr hacer realidad la Cuarta Transformación Histórica de México: derruir el viejo edificio del autoritarismo presidencial de profundo contenido oligárquico y antidemocrático sustentado en la
corrupción como relación central de poder. Liquidar al neoliberalismo como política económica y como referente ideológico en su individualismo exacerbado (con elementos de fascistización). La cuarta transformación precedida por la lucha por la independencia respecto de la corona hispánica (consumada en 1821), por la reforma liberal más la derrota de la intervención francesa, y la tercera sería la revolución mexicana.

Asumiendo un largo aliento, estos tres episodios son otros tantos momentos de las inconclusas revoluciones burguesas en América Latina en sus derivas liberal-oligárquicas. El porfiriato (1876-1911) fue un largo impulso liberal en lo económico para la acumulación de capital mediante el despojo a las comunidades indígenas, y simultáneamente la incorporación de México a la órbita imperialista. Fue determinante el desembarco modernizador de los capitales monopólicos (ferrocarril, industria textil, finanzas, plantaciones y monterías), en guerra contra las relaciones precapitalistas pero aprovechadas por el capitalismo.

Al finalizar la guerra de 1910 e institucionalizarse en el Constituyente de 1917, el resultado en el orden político no alcanzó ni si quiera a despuntar atisbos de una democracia burguesa: fraude electoral, verticalismo presidencialista, corporativismo sindical y de las organizaciones de masas en torno a las versiones al PRI, partidos de oposición satélites, caciquismo en los gobiernos de los estados (provincias), subordinación de los poderes legislativo y judicial al ejecutivo, prensa cooptada. Tales instituciones fueron erosionándose al calor de la lucha de clases por demandas como la libertad sindical, la división de poderes o elecciones libres sin injerencia oficial. La burguesía mantenía su
dominio mediante una fuerte represión, sujeción política de la clase obrera y represión abierta (desapariciones, tortura, presos políticos).

Pero la realización de elecciones formales y la conclusión de los sexenios daban una apariencia de democracia, estabilidad y legalidad muy opuestas al desenvolvimiento de conflictos desde abajo. En fin: la formación de una tradición democrático-burguesa fue aniquilada por las necesidades de la acumulación de capital subsumida a los dictados de Estados Unidos. Lo más trágico de esta larga noche neoliberal fue la declaración de la guerra contra el narco acoplada a la declaración de un permanente Estado de excepción en varias regiones del país donde el
ejército ejecutaba y masacraba.

En esa secuencia, la bandera de llevar a cabo una Cuarta Transformación sobrepone una tarea usurpada por la clase burguesa, como lo es la democratización de la vida pública ya convertida en una de las principales banderas del gobierno de AMLO. Sin haberse realizado nunca ni siquiera el armazón formal de una democracia política, ha colapsado la posibilidad histórica de concretarla en sus contornos procedimentales. Como cauce por el que fluyen las demandas de esa amalgama llamada pueblo, se abren paso los intereses de los explotados y oprimidos, es decir, de la clase social dominada envuelta en el empuje de las capas medias pequeñoburguesas (ilustradas y profesionales), los capitales medianos, el campesinado desposeído, pero también de importantes sectores inconformes de la burguesía.

Nuestra historia, nuestra América

El fin de la dominación colonial española ha sido estudiado como el inicio en América Latina y el Caribe, como el acontecimiento más significativo para encumbrar a la burguesía en el poder. Afirma el historiador Manfred Kosok: “La suma de las revoluciones, que, dependiendo de los grados de madurez del capitalismo marcan a nivel nacional, regional o universal las correspondientes etapas de sustitución de la sociedad feudal por la sociedad
burguesa, son rubricadas con la categoría fundamental de la ‘revolución burguesa’” (El contenido burgués de las revoluciones de independencia de América Latina).

A reserva de entrar en un análisis más concreto para dilucidar el tipo de relaciones sociales imperantes en la etapa precapitalista del coloniaje ibérico, sí inicia un proceso de encumbramiento de la clase burguesa aún preñada de pesadas cargas o reminiscencias aristocráticas, mercantilistas, serviles, esclavistas, etc. Lo destacable es la necesaria
caracterización histórica de Nuestra América en el curso general del desarrollo capitalista a nivel mundial. Pero vale para esta propuesta, señalar cómo en el caso de México el inicio de la independencia política dio impulso a la formación de un Estado-nación: tarea realizada en el siglo XIX por la clase burguesa al mando del proceso histórico.

Las relaciones capitalistas ya habían sentado sus reales en la segunda transformación histórica que cimbró el edificio estatal al arrebatarle poder económico a la Iglesia e instaurar la laicidad.

Después de 1910, a lo largo del siglo XX y parte del actual en lo cronológico, se contiene en el tiempo histórico a un largo siglo XX. Un tiempo sincronizado a la velocidad de la acumulación capitalista, pero no alcanzó a formarse una democracia procedimental, siendo la tarea estructuralmente imposible de realizar por el contenido profundamente
oligárquico de la dominación política, primero a cargo de los grupos capitalistas que auspiciaron políticas desarrollistas sustitutivas de las importaciones; luego desplazados de la hegemonía por una tecnocracia financiera totalmente plegada al proyecto globalista.

Era imposible en ambos periodos, sustentar la acumulación de capital con instituciones formalmente democráticas.
Después de los aplastantes fraudes electorales en 1988, 2006 y 2012 fue necesaria la presión desde abajo para imposibilitar el éxito de un nuevo fraude electoral en 2018. El corporativismo oficial siempre logró amordazar y maniatar a la clase obrera, de tal forma que al hacer implosión el neoliberalismo en 1994, es con los pueblos indígenas mediante la irrupción del Ejército Zapatista donde se rompe un eslabón débil de la dominación
oligárquico-financiera. La lucha de clases no confrontó en el plano político a los trabajadores con el capital, carentes los primeros no digamos de organización política a través de partidos representativos de sus intereses; ni siquera contaban con representación sindical independiente y combativa, salvo contadísimos casos. La lucha
social adquirió la bandera de la democracia, bajo la etérea figura del ciudadano conquistando derechos de representación genuina: el poderío del aparato gubernamental era lo suficiente como para ser forzado a reconocer una victoria electoral a nivel de la presidencia de la República, como el eje de los mecanismos de transmisión del poder vertical presidencialista.

Esta realización de las tareas truncas de democratización, tuvo su máxima expresión en el obradorismo pero dada la imposibilidad histórica de ser culminada la edificación formalmente democrática, su concreción ha rebasado los estrechos límites electoreros. Si algo irrita a la oligarquía financiera más reaccionaria, son las consultas asamblearias
realizadas constantemente por López Obrador en multitudinarias concentraciones en tres campañas presidenciales (2006, 2012 y 2018); en las movilizaciones en defensa del petróleo; y sobre todo, ya en el ejercicio del gobierno mexicano. Esta práctica de democracia participativa (sin mediación partidocrática) ha sido la savia fluyendo en las movilizaciones obradoristas para hacer músculo, pero sobre todo para generar una consciencia de cómo ha de disputarse el poder a una minoría rapaz, a una mafia en el poder como ha caracterizado incansablemente al minúsculo grupo económico al frente de los destinos nacionales. Ese ínfimo núcleo presente en la lista de millonarios Forbes, mientras la mitad de la población vive en pobreza.

Ya son realidad otras expresiones de esta democracia participativa en la revocación de mandato, así como la realización de consultas populares. Ambas aprobadas a instancias del propio López Obrador, que sería el primero en someterse a votación popular para la revocación de mandato. Estas medidas van dibujando otras formas de politización de las clases sociales en México, englobadas como pueblo por el propio presidente. Las compuertas de la organización social de los dominados se abren, ante la contención efectiva del neoliberalismo: espionaje, represión, cooptación.  Sobran ejemplos latinoamericanos de cómo estos procesos no son obstáculo para ser derribados ante la ausencia de una masividad de formación política, si simplemente se trata de cuestiones sancionadas constitucionalmente, pero ausentes de grandes movilizaciones para impedir las intentonas golpistas, sea de lawfare o de abierta intervención militar.

Jorge Álvarez Méndez

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